LA HABANA INVISIBLE

AGUSTÍ VILLARONGA

Cuando se acabe La Habana, cuando la ciudad se disuelva en olvido, óxido y desmemoria, habrá que reconstruirla mediante lo invisible”.

Esto lo escribía Norge Espinosa en el prólogo de “Conga triste de La Habana”, poemario de mi amigo Julián Martínez.

Pero si como él dice se vinieran abajo los últimos edificios y el mar se apoderara definitivamente del Malecón, quedarían los recuerdos de los vivos. También las emociones escritas en los libros. Y, como no, las fotografías. Con todo ello se podría reconstruir una Habana invisible convertida tal vez en un lugar idealizado y mítico.

Generalmente las imágenes sobre La Habana suelen ir teñidas de un componente que parece olvidarse de la humanidad de las personas y se convierte en una manifestación idealizada e incluso politizada como herencia del gran sueño que fue la Revolución.

Por otro lado, la visión sobre la sociedad se suele enfocar en un aspecto cercano a la miseria. Igual que se ennoblece la imagen de los edificios desvencijados y medio venidos abajo, también las personas son presentadas como si se hubieran venido abajo. Como si se sintiera un cierto placer en mostrar lo exótico de la pobreza.

Creo que la gran virtud del trabajo de Pedro Coll está en una observación limpia y neutra de sus gentes, en su día a día. Son personas vivas que visten, se mueven y se interrelacionan de una manera natural. Si se ha vivido un poco en La Habana, todo ese “glamour” de desastre y miseria, visto por el ojo frívolo del extranjero, se convierte en la normalidad de una ciudad, especial eso sí, pero viva, sin idealización ninguna.

Sus fotos panorámicas, llenas de vida y movimiento, parecen a veces hechas con una cámara oculta sin que nadie tenga la sensación de ser observado. Y cuando alguien mira al objetivo directamente parece mostrarse cómplice de esa cámara.

Pedro Coll es menorquín, yo mallorquín. Pertenecemos a la misma generación. Ama a Cuba, como yo. Y vivió en una isla en condiciones aún muy próximas a la desventura de una posguerra. Es por eso que creo entenderle en su modo de observar La Habana. Sin tremendismos, porque su infancia, nuestra infancia, no está tan lejos del bullir actual de los cubanos y por eso su mirada no busca el exotismo. La gente se traslada en “autobuses-camello” o en “almendrones”, va al barbero, trabajan de mecánicos o en lo que sea. Todo ello de un modo normal. Y, por su herencia de niño, sin intentar dar un mensaje manipulado, levanta testimonio de lo que tiene ante sus ojos.

Me aventuraría a suponer que, lejos de la globalización que vivimos en Europa, en la que hemos perdido tantas cosas, Pedro tiñe de añoranza su mirada, con agradecimiento y respeto.

Palma, isla de Mallorca, 2018

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