HA LLEGADO EL COLOR, PERO...

MARIO COYULA
Fotografiada por Pedro Coll, La Habana emana los colores de una inercia en apariencia vital, pero que flota en un capitalismo de bajo presupuesto. La ciudad se desdibuja por el movimiento de sus habitantes.

Aquí todo ha sucedido ya. En la Habana que aquí se nos muestra desaparecen las ideologías y se parece cada vez más a cualquier otra urbe subdesarrollada, descontrolada, abandonada.

La experiencia es sensorial. El efecto es bello y desgarrador. Pedro encuentra unidad en la cacofonía visual que predomina en la isla. El eclecticismo de la Habana se ha convertido en una amalgama donde cada vez resulta más difícil discernir los ingredientes originales. Sus imágenes apuntan a un futuro caótico donde el impresionismo borra la historia.

El ser humano es captado a través de una visión extremadamente panorámica. La técnica visual integra las personas a su contexto con un dinamismo horizontal que desaparece en fugas a los costados. Circularidad e insularidad. La profundidad de campo es utilizada para, intencionadamente, llenar la imagen de la mayor cantidad de información posible, con la acción congelada en diferentes planos. La fracturación de los cuerpos y la distorsión del lente logran algo muy raro: convertir la mundanidad en arte.

Las panorámicas de la ciudad adquieren distancia para observar desde las alturas, en la penumbra de la hora mágica, más allá de las nuevas luces, un horizonte que se funde en la bruma.

Contrastando con el estatismo más desolado de su libro de 1995, “El tiempo detenido”, los cubanos de “Tiempo de descuento” surcan los encuadres llenos de color y movimiento, si se quiere con más seguridad personal, pero uno no puede evitar pensar si realmente pueden decidir, o si saben, a dónde van.

Uno se pregunta si todo cambió para que todo siguiera igual. Puede que la mayoría de los cubanos de estas fotografías no quieran hablar de política, pero muchos siguen siendo arrastrados por una marea estancada que les impide ser dueños de su destino. Los efectos de la globalización son más visibles ahora. Han heredado lo peores lastres del comunismo y del capitalismo a lo largo de más de un siglo de dictaduras de derecha e izquierda. La supervivencia diaria les limita el pensar o actuar a largo plazo. En sus rostros solo parecen habitar la inmediatez de necesidades básicas y placeres efímeros. No hay tiempo para una espiritualidad que trascienda la rutina. Cada uno está en lo suyo.

Las imágenes del 95 mostraban desolación, pero también incertidumbre, duda. Estas caras aún estaban tratando de entender lo que estaba pasando y por ello despedían un poco más de identidad frente al desmoronamiento final de la promesa: ese mundo mejor que nunca se materializó.

Ya todo eso es historia. Ha llegado el color pero se ha esfumado el sueño.

La Habana, 2018

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