Objetos

DM 21 11 21

Interpretación fotográfico/digital libre de dos pequeñas copas. ©Pedro Coll

Rebuscando donde suponía que las encontraría han aparecido esas dos pequeñas
copas de licor, supervivientes de una cristalería que debió ser de mi abuelo materno.
Algunos objetos irradian vivencias de las que han sido testigos durante su vida
silenciosa y quieta. Nos hablan, nos transmiten sensaciones que a veces no somos
capaces de racionalizar, pero sí de sentir. En cierta manera están vivos, no me cabe
ninguna duda, y reconozco que desde siempre he mantenido con ellos una subliminal
relación que me conforta.

Vivía en el campo, en zona boscosa y hace unos veranos sufrí la amenaza de un
incendio. Anochecía y al salir al exterior olí a quemado. Nada había que hiciera
sospechar peligro, pero ante aquella inquietante sensación llamé al número al que hay
que llamar y me confirmaron la existencia de un incendio que estaba avanzando en
dirección a mi casa. El fuego se iba extendiendo detrás de una loma y no era visible
aún. Me advirtieron de que estaba obligado a organizar la evacuación de manera
inmediata.

Y entonces tuve que plantearme qué llevar conmigo, qué cosas meter en mi coche y
salir de allí zumbando. Estaba solo y no iba a tener ayuda de nadie. El impacto y
trascendencia de la noticia me dejó desorientado durante un rato, recuerdo que
recorría las habitaciones, subía y bajaba las escaleras que comunican las dos plantas,
salía fuera… intentaba, sin conseguirlo, aclarar mi mente. El olor a quemado persistía,
pero era el único signo de la amenaza. La noche había caído, soplaba un endiablado
vientecillo y hasta el amanecer iba a ser imposible que los bomberos pudieran actuar
con eficacia o que los aviones cisterna comenzaran a bombardear con agua las llamas.
De modo que la perspectiva no era buena.

Y de repente lo vi todo muy claro. Me puse a recoger aquellas cosas que significaban
algo para mi, no por su valor económico sino por su carga afectiva, familiar, por estar
relacionadas con mi trabajo personal o con momentos o acontecimientos significativos
de mi vida. Algunos libros especiales, recuerdo en concreto la edición en rústica de ‘Los
ojos de los enterrados’ que Miguel Ángel Asturias me había dedicado con trazo
tembloroso, no me lo podía creer, cuando yo tenia 24 años y andaba comido por las
incógnitas sobre mi futuro; o la primera edición española de aquel impacto que fue
para mi ‘Cien Años de soledad’, ilustrada su portada por Vicente Rojo; unas cámaras,
Nikon y Hasselblad, compañeras durante años, a las que el tiempo y la tecnología
habían apartado del circuito; fotos personales, cartas, escritos, e insospechados
objetos para mi cargados de sentido e información… Ahora me doy cuenta de que lo
que inconscientemente estuve haciendo fue salvar toda la información posible para la
memoria, la mía y la de los míos, posiblemente la de todos. La memoria, el eje
alrededor del que se vertebra la historia del ser humano. Y este par de copas,
minúsculas y tan peculiares, envueltas con cuidado en papel de periódico, fueron
algunos de los objetos precipitadamente elegidos que ni tan siquiera llenaron unas
pocas cajas de cartón. Con el pequeño botín, Lua, mi golden, siempre tan pendiente de
mi y Kodak, ese gato aleonado, serio en extremo y bonachón, que no me miraba a la
cara (siempre sospeché que nunca pudo perdonarme que lo bautizara de aquella
manera), nos metimos en el coche y bajamos hacia el pueblo que está a menos de dos
kilómetros. Allí, junto a una gasolinera, en compañía de una decena de vecinos de la
zona, expectantes y preocupados, pasamos varias horas. A eso de las tres de la
madrugada la noticia de que el viento había rolado y empujaba las llamas en dirección
contraria, hacia la costa acantilada y el mar, permitió que todos regresáramos aliviados
a nuestras casas.

Estas dos copas, almacenadas en una alacena durante años, rebosantes de pasado y de
historias que contar, con ayuda de la tecnología digital me han ofrecido esta imagen
fotográfica cristalina y pictóricamente distorsionada con la que ilustro estas palabras.
Ellas, con sus más de cien años a la espalda, son las primeras sorprendidas, por no
decir que escandalizadas ante mi atrevimiento. Pero es que las ciencias adelantan que
es una barbaridad.

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/11/21/objetos-59765457.html