La teoría del croissant
DM 19 10 20
Bar Bosch, Palma, 2019. ©Pedro Coll
Inmersos como estamos en tiempos convulsos voy a intentar evadirme un rato
contando algo divertido y creo que interesante.
Hace años, un buen amigo me habló de la «teoría del croissant», de la que él se
consideraba autor. Todo comenzó al final de su adolescencia, en París, en los últimos
días de un mes de julio de cielos encapotados y temperaturas primaverales, algo nuevo
para él, acostumbrado a los luminosos y cálidos veranos mediterráneos. Este mes de
julio del año en que cumpliría diecisiete lo pasó en París estudiando francés por las
mañanas en la Alliance Française y practicando italiano el resto del tiempo, porque
italianos (e italianas) eran la mayoría de los compañeros de aquel curso intensivo en el
que le había matriculado su padre. Días llenos de descubrimientos que pasaron
volando. Y fue en la Gare de l’Est, a donde fue a despedir a los italianos (e italianas)
que regresaban a sus casas, un día antes de que fuera a hacerlo él, cuando ocurrió la
cosa de los croissants.
Tras juramentos de futuros reencuentros que no se producirían y emocionados
abrazos, el tren partió. Con un nudo en la garganta, camino del metro se encontró con
aquella cafetería llena de gente. No había desayunado, rascó en su bolsillo y vio que le
daba para el metro, un café y un croissant. Recogió el café en la barra y el camarero le
dijo que eligiera el croissant que más le gustara de aquella montaña inmensa que tenía
ante sí. De manera precipitada se hizo con uno que no era el más bello, ni el más
grande, ni el más reluciente, sino retorcido y medio hecho. Lo comió ávidamente,
disfrutándolo, bebió su café y durante inacabables minutos intentó pagar… pero nadie
le hacía caso. En aquel momento de la mañana la actividad en la estación era frenética.
Pensó que si no le veían queriendo pagar quizá no le vieran si comía otro. Y así lo hizo,
seleccionó esta vez uno más aparente, más resultón… pero no, no era lo mismo, no
tenía la densidad de la masa adecuada, ni el sabor sutil y la textura untuosa del punto
ligeramente corto de cocción del primero. Como seguían sin cobrarle, mientras
reclamaba la atención del camarero exhibiendo los francos con la mano derecha, con
la izquierda se iba zampando croissants, buscándolos ya rarillos e imperfectos, pero
tan deliciosos…
Mi amigo se hizo mayor y la vida fue pasando ante él a una velocidad imprevista. Y,
mientras tanto, aquella anécdota de su adolescencia parisina fue tomando cuerpo en
su mente y la experiencia acabó convirtiéndola en toda una teoría. A veces la he citado
yo con éxito en tertulias desenfadadas. En una de ellas, una atractiva amiga que había
sobrepasado con esplendor la línea roja de los cincuenta años, me comentó entre risas
que pocos días atrás había tenido un sueño erótico en el que se cepillaba al fontanero,
gordo y sudoroso, sin ni tan siquiera dejarle acabar de reparar el desagüe del
fregadero. Dijo que se despertó sofocada y jadeando con la sensación de haber gozado
como nunca. Entrando al quite, alguien presente nos recordó el consejo del irresistible
George Clooney: «Amigos, no desdeñen a las feas».
La teoría de mi amigo dice: «A menudo, aunque no siempre, el nivel de disfrute en el
consumo de un croissant está en proporción inversa al nivel de perfección de su
apariencia externa».
Por rigor científico, la «teoría del croissant» admite la excepción.
https://www.diariodemallorca.es/opinion/2020/10/19/teoria-croissant-20129746.html