La isla del tesoro
DM 05 07 21
Cayo Coco, Cuba, 2014. ©Pedro Coll
La que aquí muestro es una imagen de los cayos cubanos homenajeando al genial
Mark Rothko. Como siempre, la generosa naturaleza echándole una mano al artista.
Esos azules cobalto y las aguas cristalinas, los manglares y los cimbreantes cocoteros
que ilustran los folletos y páginas web de ofertas de viajes los descubrí realmente en
mi adolescencia leyendo a Robert Louis Stevenson. Aquellas imágenes y sensaciones
narradas por él quedarán fijadas en mi cerebro hasta el día de mi muerte cómo
símbolo de lo mágico, de lo fantástico, cómo sinónimo de felicidad.
Fernando Savater lo dice de manera magistral en La infancia recuperada (Taurus
Ediciones, 1977): ‘La narración más pura que conozco, la que reúne con perfección
el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, el perfume de la aventura marinera
que siempre es la aventura más perfecta, la aventura absoluta– con la sutil
complejidad de la primera y decisiva elección moral, en una palabra, la historia más
hermosa que jamás me han contado es ‘La isla del tesoro’. Raro es el año que no la
releo al menos una vez; y nunca pasan más de seis meses sin haber pensado o soñado
con ella´.
Apuesto a que esas palabras de Savater serán suscritas por quienes fuimos educando
nuestra imaginación al amparo del infinito poder de la palabra escrita, todavía ajenos
al efecto arrasador de la comunicación visual. Sin haberla escuchado nunca, tan solo
imaginado al leerla, aún retumba en mis oídos, como si realmente la estuviera oyendo,
la voz ronca y arrastrada de John Silver el Largo cantando una y otra vez el maldito
estribillo: ‘¡Quince hombres en el cofre del muerto, yo, jo, jo, la botella de ron! ¡La
bebida y el diablo se llevaron al resto, yo jo, jo, la botella de ron!’
La arena blanca y fina, la infinita paleta de azules, las aguas templadas y transparentes
siguen estando aquí, como dan fe imágenes como esta, obtenidas a miles durante
estas últimas décadas -asumo en ello mi parte de culpa, por pura necesidad
alimenticia- en innumerables cayos y playas del Caribe para satisfacer la voracidad
comercial de compañías turoperadoras y hoteleras. Pero lo cierto es que ya no están
aquí John Silver el Largo, ni La Hispaniola, buque insignia de cuantos han surcado los
mares de la literatura bajo bandera negra, ni el deseado cofre del tesoro, ni todos los
desarrapados que lo buscaban a vida o muerte. Se acabó la magia y la fantasía, el
riesgo y la aventura. Nos queda sólo la memoria imaginada de algo que fue y que ya
nunca jamás volverá a ser.
Ahora, lo que aquí hay son inmensos hoteles all-inclusive rebosantes de esos nuevos
‘arriesgados’ descubridores, la mayor parte de ellos ignorando ese espacio natural
maravilloso que les rodea, apoltronados en las hamacas que rodean sus cloradas y
seguras piscinas, bebiendo y comiendo sin límite y friéndose al sol.
Os aseguro que si John Silver el Largo y los suyos se hubieran encontrado con este
panorama no hubieran dejado títere con cabeza.
https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/07/05/isla-tesoro-54667966.html