Expreso de medianoche
PEDRO COLL / www.pedrocoll.com
DM 29 04 24 | 00:10
Al norte de Hanoi, Vietnam, 1994. ©Pedro Coll
En aquel pequeño Toyota viajábamos seis. Al volante estaba el chofer que me había
sido asignado, un empático vietnamita que había luchado contra los norteamericanos,
al que yo, con su aquiescencia, llamaba Antonio. En el asiento del copiloto iba yo. Atrás
se apretujaban los cuatro personajes de la foto. El de la derecha era Phung, mi guía y
hombre de confianza. De los otros tres no recuerdo el nombre, solo sé que el de la
izquierda era el comisario político encargado de supervisar mi actividad. Era el único
que nunca se reía con los chistes que los otros contaban para ir pasando el rato. Cada
vez que me volvía, le veía a él mirándome enigmáticamente mientras los otros tres se
carcajeaban o hablaban casi a gritos alcanzando decibelios insoportables.
Durante siete días estuvimos recorriendo de esta manera los alrededores de Thai
Nguyên, una ciudad grande de calles embarradas, situada al norte de Hanoi.
Visitábamos enclaves interesantes en los que yo iba consiguiendo imágenes y
sensaciones. Al atardecer de cada día regresábamos a Thai Nguyên, nuestra base,
donde el chofer, mi guía y yo intentábamos descansar en habitaciones de un curioso y
friki hostal/puticlub que el gobierno vietnamita nos había reservado.
Eso ocurría en 1994, después de que los Estados Unidos levantaran el bloqueo sobre
Vietnam y se hubiera iniciado relación diplomática entre ambos países. Quizá por ello,
al ser norteamericano el editor del proyecto que enfrentábamos, en las pequeñas
localidades que visitábamos nuestra llegada se consideraba un acontecimiento. Esa
actividad, oficialmente programada, entorpecía en gran manera mi trabajo porque
reducía mi tiempo útil y me consumía energía. Yo, mi guía, mi chofer, y los tres
‘guardaespaldas’ empotrados, éramos recibidos por los alcaldes en el salón de actos de
sus respectivos ayuntamientos. Allí se llevaba a cabo una especie de ceremonia de
bienvenida. Siempre presidía una gran bandera roja, con la estrella amarilla en el
centro y una imponente estatua de Ho Chi Min. El alcalde del lugar me dedicaba unas
palabras que yo escuchaba con mucha atención, si entender nada. A continuación,
Phung me lo traducía. Hablaba un cubano perfecto gracias a los años bien
aprovechados que pasó estudiando en la Universidad de La Habana. A mí me
correspondía agradecer las palabras del alcalde de turno y con igual solemnidad lo
hacía en castellano. Una vez me la jugué y lo hice en catalán ante la expresión divertida
de Phung, consciente de que lo estaba poniendo a prueba. Yo seguía en todo
momento el consejo que en un inicio él me había dado, ‘tu di lo que quieras y yo les
diré lo que debieras haber dicho’. Así que él traducía o inventaba mi respuesta. Los
alcaldes y sus séquitos le escuchaban con atención e iban asintiendo con
complacencia, lo que significaba que Phung conocía el terreno que pisaba.
En uno de aquellos pueblos, situado en la ladera de una montaña, el alcalde me
obsequió con una bolsa del té que allí cultivaban, un detalle que agradecí. Era una
bolsa de plástico traslúcida, usada, asegurada con un simple cordel. Al volver a mi
habitación del hostal/puticlub la guardé en mi equipaje.
Para mi regreso volé Hanoi/Bangkok. La segunda escala era un Bangkok/Frankfurt. En
el mismo vuelo me acompañaba Guido, ahora entenderéis por qué me callo su
apellido. Era un rodado y prestigioso fotógrafo de Milán que de muy jóven había sido
mandado por el Corriere della Sera a cubrir la guerra de Vietnam. Me había contado
que, en una escaramuza en la jungla, tuvo que dejar la cámara y defenderse con el fusil
de un soldado norteamericano caído a su lado, matando a un vietnamita en defensa
propia. Me lo contó así, tan tranquilo, añadiendo algo escalofriante, me dijo
exactamente eso: Tengo su reloj en mi casa. ¿El del vietnamita? El del vietnamita.
El control de equipajes del aeropuerto de Bangkok lo dirigía un militar de aspecto
llamativo, cinematográfico, era alto, fibroso, tan marcial como contundente. Desde
una especie de tarima que lo elevaba, en una gran pantalla iba revisando por Rayos X
el contenido de las maletas que iban pasando. Parecía un director de orquesta. Guido y
yo estábamos observando aquel espectáculo realmente fotogénico, ambos con ganas
de sacar la cámara, pero contenidos por la prudencia, cuando la cinta transportadora
se detuvo. Le había llegado el turno a mi maleta. Aquel tipo imponente se quedó un
rato mirando, señaló un punto concreto de la pantalla y por altavoz pidió que se
identificara su propietario. Levanté el brazo. ¿Qué llevas? me preguntó Guido. Nada
que pueda llamar la atención, como no sea el trípode…. Me acerqué al Rambo
tailandés y me ordenó que abriera mi equipaje. Lo hice y sus manos enfundadas en
guantes negros se dirigieron directamente a aquella bolsa usada que contenía el té que
días atrás me había regalado el amable alcalde. Me invadió de golpe una sensación de
pánico difícil de soportar. ¿Y si aquello no era té? Todo ocurrió de manera fugaz, el
militar se hizo con la bolsa usando la mano izquierda y, sin molestarse en deshacer el
nudo del cordel que la aseguraba, con la mano derecha la pellizcó, rompiéndola y
extrayendo una porción de granos negros. Los acercó a su nariz y olió como si
estuviera catando un Vega Sicilia.
Para mí se había detenido el mundo. Cualquiera puede imaginar todo lo que en
aquellos segundos pasó por mi mente, el pasado, el presente, el futuro… ¡el futuro!
Entonces, el militar, sin tan siquiera mirarme, dejó la bolsa en el lugar donde la había
encontrado y me ordenó que cerrara la maleta para que la cinta transportadora hiciera
su trabajo y yo pudiera dirigirme a la puerta de embarque.
Guido y yo volamos de Bangkok a Frankfurt en business, en el confortable, exclusivo y
silencioso segundo piso de aquellos majestuosos Boeing 747, detalle del organizador
californiano del proyecto editorial en el que habíamos estado sumergidos durante diez
intensos días. Fueron casi doce horas increíblemente placenteras.
©Pedro Coll
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