El ADN de la excelencia

DM 20 11 23 | 00:20

Estación de Akebonobashi, línea Shinjuku, metro de Tokio, exactamente
a las 14:19:34 del día 4 de diciembre del año 2009. © Pedro Coll

Conservo esta imagen en mi memoria desde el momento en que la hice
mía, ocurrió al vuelo y sin tiempo para pensar. Vi a esta niña de no más
de ocho años salir sola de uno de los atestados vagones y dirigirse
alegremente hacia la salida de la estación. Nadie la acompañaba. Ya
entonces, fotografiar a un niño desconocido era muy censurado en
Japón, pero me arriesgué, amparándome en que no se la iba a
reconocer. No era la primera vez que veía algo así durante aquellos días
de mi estancia en Tokio. Niños de edades similares, solos, o en
pequeños grupos sin compañía de adultos, con sus mochilas y sus
uniformes escolares, moviéndose con decisión y seguridad entre el
tráfico denso de esa mega ciudad.

Frente a edificios de oficinas me cansé de ver bicicletas aparcadas,
libres de candados. Recuerdo bien a la estudiante que decide ir al
servicio dejándo sobre la mesa de la concurrida cafetería sus apuntes,
su móvil, su laptop, para regresar al cabo de un tiempo sin temor a que
alguien hubiera podido tocar sus cosas. Las oficinas bancarias, con
aquellas mesas dispuestas para que los clientes rellenaran formularios,
facilitando a los que pudieran necesitarlo el uso puntual de bolígrafos y
gafas de lectura de diferentes dioptrías. El recepcionista de hotel que, en
un día de aguacero, ofrece un paraguas a quien me ha acompañado y
que debe volver a la calle, sabiendo que le será devuelto. O el joven que
sale de un restaurante de manera precipitada y tropieza con un anciano
y todo acaba en ceremonia de disculpas y reverencias.

Podría seguir relatando experiencias similares, imposibles de trasladar a
ningún otro lugar del mundo. Esta sensación de seguridad sorprende al
visitante extranjero. Y se agradece, sobre todo por el esfuerzo que
representa moverse por esa ciudad, tan inmensa como complicada. Con
el agravante de que poco le va a servir el recurso al inglés en su
deambular urbano.

¿Estarán pagando los japoneses ese lujo del que disfrutan con esa
soledad individual que parece embargarles? ¿Con esa dificultad para
comunicarse? ¿Con esa empatía plana? Su alto nivel de autoexigencia
les hace digerir muy mal la humillación del fracaso. Por eso está entre
los países con más suicidios por habitante. Recordemos la figura
histórica de sus aviadores ‘kamikaze’. La pandemia de Covid obligó al
Gobierno nipón a crear el Ministerio de la Soledad. En la última guerra
mundial les vimos asumir con estoicismo la derrota militar. En su
enloquecida apuesta bélica, Japón colapsó de golpe días después de la
destrucción nuclear, nunca suficientemente discutida, de dos de sus
ciudades más importantes, Hiroshima y Nagasaky. Es conocida la
imagen hierática del Emperador Hirohito, a bordo del acorazado USS
Missuri, firmando la rendición sin condiciones ante el General MacArthur,
representante de las fuerzas aliadas. Y muy recientemente les hemos
visto asumir y resolver, con eficiencia y arrojo, el desastre de la central
nuclear de Fukushima, arrasada por un sunami, que puso al país en
riesgo de quiebra total y cuyas consecuencias radiactivas aún están
sufriendo.

¿Hay un ADN Nipón?

Años después de haber obtenido la fotografía que encabeza este texto la
busqué en mis archivos digitales y entré en sus ´metadatos´. Y pude
confirmar que fue a las 14:19:24 del día 4 de diciembre de 2009 cuando
yo apreté el disparador y que la distancia entre la niña y el sensor de mi
cámara, de tecnología japonesa, era exactamente de 8 metros y 80
centímetros. Hay bastante más información adherida y conservada en
ese simple archivo digital de unos 30 megapixels (para mí sigue siendo
un fotograma) pero me la callo para no aburrir. Quizá hoy, y más aun
con la irrupción de la IA, esto no asombre a nadie… pero a mí, que
aprendí a escribir a máquina usando papel carbón para obtener una
simple y desvaída copia, a mí todo esto sigue maravillándome. Y disfruto
de las herramientas que pone a mi disposición. Creo que los que han
creado, y crean, ese mundo digital, aun con la incógnita que representa
la IA, son los auténticos miguelángeles de nuestra era. Arte y ciencia
compinchados.

Los japoneses, después de la segunda gran guerra, iniciaron de modo
heroico y tozudo su recuperación, levantaron el país, lo re-crearon,
comenzaron copiando las tecnologías alemana y americana para acabar
convirtiéndose en innovadores tecnológicos. Seguridad, respeto,
solidaridad, educación, tradición, cultura, esfuerzo, compromiso,
elegancia, y esa combinación tan difícil de humildad y orgullo… Si, eso
es la excelencia.

Aún con su complejidad, envidio el ADN Nipón (el del valor añadido), me
atrae mucho más que el nuestro (el del sector servicios), llamémosle el
ADN de ‘barra y cervecita’.

Mi razonamiento no será muy científico, pero sirve para explicarme.

©Pedro Coll

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2023/11/20/adn-excelencia-94837497.html