La voluble línea roja

DM 31 10 22

Ceremonia previa a una cremación, frontera de Tailandia con Birmania. ©Pedro Coll

Para los narradores visuales que no pretenden hacer arte contemporáneo, pero que
deambulando por territorio terráqueo se dedican a interpretar la vida, situando al ser
humano en el eje de sus historias, sean reales o imaginadas -ya que partimos del
principio de que la realidad objetiva no existe- hay a veces una fluctuante línea roja
que puede marcar límites a su actuación. En principio se trata de algo tan evidente
como combinar el oficio con el respeto a la dignidad de quienes tienes delante. Pero,
ante situaciones inesperadas, o ambiguas, de necesaria resolución inmediata, esto de
sencillo no tiene nada.

El conocido fotógrafo francés Robert Doisneau contó en una entrevista de prensa una
anécdota triste pero bella. Estaba haciendo un trabajo sobre la trashumancia en el sur
de Francia, caminando y charlando junto al pastor, cuando un automóvil atropelló y
mató a uno de los perros que les acompañaban. Al entrevistador le faltó tiempo para
preguntar al fotógrafo por las fotos del incidente. Doisneau aprovechó para tomar
posición ante el polémico dilema: qué hacer ante delicadas situaciones relacionadas
con la invasión de la intimidad o el respeto al dolor ajeno. Él había optado por dejar la
cámara y consolar al pastor.

El fotógrafo Kevin Carter, que había estado cubriendo la hambruna que asoló Sudán,
ganó el Premio Pulitzer con la imagen de un niño de menos de un año, totalmente solo
y a pocos metros de él un buitre posado en tierra, esperando… Tras el crudo impacto
de la fotografía se planteó una incógnita incómoda. Superado el relumbre del éxito
conseguido por Carter, lo que todo el mundo comenzó a preguntarse acabó siendo un
clamor. ¿Qué había pasado luego con el niño? Sorprendido, Carter razonó con total
lógica que, en su función de reportero, aquella era una más de los miles de fotos que
hizo durante días y días, rodeado de hambre, desolación y caos. ¿Estaba obligado a
asistir a todos aquellos que fotografiaba? Aquella polémica a toro pasado era absurda
e injusta, pero la presión social y de ciertos medios consiguió que el Pulitzer le
alcanzara, más que como un éxito, como una bofetada cruel: aquel niño indefenso
‘que él dejó atrás’ en su camino había contribuido a encumbrarle en lo más alto. Carter
tenía un historial emocional complicado y, en la espiral producida por su sentimiento
de culpa, años después se acabó suicidando muy cerca del lugar donde había
conseguido la foto.

Recorriendo la zona norte de Tailandia, en su frontera con Birmania, al bordear una
pequeña aldea y pasar junto a su cementerio me encontré con los preparativos de una
ceremonia de cremación. Todo estaba ocurriendo en un espacio cerrado y sin techo.
Me colé silenciosamente y me topé con el cadáver sobre un lecho de mimbre rodeado
de familiares que estaban despidiéndose de él. En esas latitudes, si en el momento del
fallecimiento la familia carece de medios para un funeral digno, se hace una
inhumación provisional hasta solventar el tema. Y en una de estos casos estábamos: el
cuerpo acababa de ser desenterrado. Unos monjes con túnica azafrán conducían la
ceremonia. El ambiente era solemne y un innato respeto a aquella atmósfera tan
íntima me hizo dudar. Entonces, alguien que parecía un familiar del fallecido, que
llevaba rato observándome con curiosidad (aún moviéndome con sigilo mi presencia
había llamado la atención) se me acercó y me preguntó en voz baja si deseaba
fotografiar. Dije que sí. ’Pues hágalo’, contestó con una leve sonrisa. Desconecté el
motor de arrastre de la película, para silenciar la acción mecánica, y cargando
manualmente hice mi trabajo. Recuerdo que el intenso olor a cadáver se quedó en mi
paladar hasta el despertar del día siguiente.

Ocurrió justo al inicio de mi carrera. A partir de entonces, en situaciones ‘sensibles’ no
he podido evitar el conflicto interior entre las dudas y las certezas.

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2022/10/31/fina-linea-roja-77935916.html