Dejad el balcón abierto
DM 14 03 22
Torre de s’Arxiduc, Ca’n Costa, Valldemossa. ©Pedro Coll
‘Si muero, dejad el balcón abierto’. Federico García Lorca.
Era casi imperceptible, pero comenzaba ya a notarse un tufillo desagradable. El
sargento se dirigió a uno de los dos ‘números’ conminándole a que abriera el ventanal.
El del tricornio obedeció según costumbre y dentro del marco vacío apareció un
paisaje sereno e invernal presidido por una torre que se elevaba en lo alto de una
mínima colina. Se veía también el mar, allá abajo, del mismo color que el cielo,
confundidos y fusionados ambos, sin rastro del horizonte. Entonces sonó el teléfono
sobresaltando al sargento que parecía hallarse ensimismado, con los ojos fijos en el
rostro acerado del supuesto suicida. Era del juzgado de guardia, informando que el
juez estaba de camino.
El cuerpo de aquel hombre de mediana edad, cubierto a medias por una sábana, se
hallaba en posición de reposo. Parecía que estaba descansando con placidez. Había
sido encontrado de este modo por una jornalera que solía acudir los martes y los
viernes y aun nadie había tocado nada de la habitación. En el suelo, junto a la cama,
varios envases vacíos de Tranxilium 10 y una botella de Jack Daniel’s prácticamente
vacía, a la que le faltaba el tapón, indicaban a las claras lo que había ocurrido. El
sargento ordenó a los otros dos guardias civiles que salieran al pasillo. Una vez a solas
se sentó en una silla y cerró los ojos por unos segundos. Al abrirlos se fijó en el
ordenador. Ya lo había visto antes, pero ahora, de repente, se sintió atraído por él.
Gritó el nombre de uno de sus dos subordinados y le pidió que llevaran a cabo la
inspección ocular de las demás dependencias de la casa y también de los alrededores.
De esta manera los tendría ocupados un buen rato.
Ya a solas se dirigió a la mesa del ordenador y descubrió el pequeño post-it amarillo
pegado justo en el centro de la pantalla. Con caligrafía minúscula y precisa alguien,
posiblemente el finado, había escrito: ‘mi última voluntad’. Inmediatamente debajo
aparecían descritos los pasos a dar para la utilización del ordenador. El sargento, tras
una ligera duda, enfundó su mano derecha en un guante de látex y decidió comenzar
con el primero de ellos. Accionó el ‘on’…. La pequeña pantalla cobró vida y se iluminó
apareciendo todo un menú de posibilidades. La nota manuscrita decía: ‘seleccionar
textos’. Así lo hizo y apareció un nuevo listado. El paso siguiente, según la nota,
consistía en seleccionar la carpeta titulada ‘mi última voluntad’. Efectivamente, entre
todos aquellos títulos había uno que decía así. El sargento se detuvo. Tenía la
sensación de que estaban jugando con él. Se volvió y contempló la amplia estancia con
su ventanal abierto hacia el paisaje y la cama de alto y elegante cabezal. Desde donde
estaba no podía apreciar si el rostro del cadáver había cambiado de expresión. La
curiosidad le llevó de nuevo al ordenador y accionó el documento elegido. Mientras el
ordenador trabajaba buscándolo él no apartó la mirada de la pantalla azulada ni por un
instante, hasta que de repente una sola frase, escrita en grandes caracteres, apareció
perfectamente centrada y legible: ‘que os den morcilla’.
El sargento se quedó de una pieza mientras en su rostro iba dibujándose una sonrisa
que acabó en una contenida carcajada. Se volvió hacia la cama y miró fijamente aquel
rostro antes enigmático. Y se sintió invadido por un sentimiento de cálida complicidad.
Después, se acomodó en la silla y esperó la llegada del Juez.
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