El desasosiego

DM 29 03 21

Estación Victoria. Londres. ©Pedro Coll

A Txema González Bravo, periodista, buen conversador y ante todo persona. Gracias por estos
últimos años, amigo.

Hablo de memoria, pero recuerdo que en el Libro del Desasosiego Pessoa (su
personaje) paseando por una de aquellas calles estrechas y empinadas de Lisboa se
apercibió de que, delante de él y llevando su mismo paso, caminaba un hombre
vestido con traje gris. De su mano izquierda pendía el típico maletín de ejecutivo.
Pessoa (su personaje) decidió seguirle durante un rato. Se puso a observar su manera
de andar, cómo era el balanceo del portafolios, el gesto ritual y periódico de llevarse a
la cara el cigarrillo que sostenía con la mano derecha, de modo controlado y
ostentoso, proyectando cada vez una efímera nubecilla de humo. En ningún momento
le vio la cara, pero llegó a la conclusión de que no querría ser él, de que por ninguna
razón del mundo podría vivir en aquel personaje, que ‘antes preferiría no nacer’.


El Libro del Desasosiego, escrito por Fernando Pessoa bajo el heterónimo de Bernardo
Soares, es la autobiografía de ‘un hombre nacido en un tiempo en que la mayoría de los
jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la
habían tenido: sin saber por qué’. Pessoa habla de la doble personalidad. Pessoa y
Soares sufren ambos por su inadaptabilidad a la realidad vulgar.


Un día caminaba yo (no mi personaje) a paso rápido por el centro de la ciudad y me fijé
en que un tipo parecido al del personaje de Pessoa deambulaba delante de mí. Ya
sé, hay tantos que no tenía por qué haberme llamado la atención, pero llevábamos el
mismo camino y me vino a la mente el texto del portugués. Acompasé mi paso al suyo
y me dediqué a analizarlo. Este no fumaba, pero llevaba el mismo tipo de maletín, el
mismo corte de traje, caminaba con seguridad, debía encaminarse a una reunión de
gente importante cuando, de golpe, hizo un gesto brusco, como si acabara de darse
cuenta de algo. ‘¡Me lo he olvidado!’, pareció exclamar gestualmente. Aminoró la
marcha sin detenerse del todo y con agilidad levantó el maletín. Manteniéndolo
horizontal sobre la palma de su mano izquierda lo abrió con un hábil movimiento de
los dedos de la derecha. ‘¡Clak-clak!’, sonó. Aunque yo anduviera un metro detrás de
él, el contenido no escapó a mi vista: un batiburrillo de chicles, caramelos, golosinas,
chocolates, piruletas, confites…


Sentí como si Pessoa y Soares me estuvieran observando, esperando mi reacción. Sin
dudarlo ni un segundo me solidaricé con ellos. También yo, ante tal situación, hubiera
deseado no haber nacido. De cómo puede uno mismo evitar nacer no nos da Pessoa
ninguna pista. Tampoco Google me ha aclarado nada sobre tan enrevesado enigma.
Pero voy llegar a dónde quería llegar cuando comencé a escribir estas líneas: si a estas
alturas de mi vida algún Mefistófeles tentador me ofreciera una nueva larga existencia
bajo la condición de encarnarme en un perfil de este tipo, no aceptaría. Por ninguna
razón del mundo podría verme obligado a transitar por una vida que, para mi,
careciera de fantasía e ilusión.

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/03/29/desasosiego-45957777.html