El subconsciente
DM 22 03 21
Londres, año 2001. ©Pedro Coll
A Nigel, un amigo británico con sentido del humor británico, fue a quien oí por primera
vez esta frase: ‘cuando veo un policía, me siento culpable’.
Hace tantos años que no diré cuantos, estaba yo sentado en un bar a la orilla del mar,
en Cales Fonts, port de Maó, y el otoño se estaba anunciando. Celebraba con dos
amigos el aprobado en Procesal Penal, lo que significaba que acababa de licenciarme
en Derecho. La terraza estaba vacía, eran las dos de la madrugada. De entre las
sombras aparecieron dos guardias civiles que, extrañamente, se sentaron en los
taburetes de una mesa próxima. No pidieron nada para consumir, parecía una simple
parada técnica. Minutos después nos iluminaron los faros de un deportivo
descapotable, era un Alfa Romeo Spider, de color rojo, el mismo que, junto a Dustin
Hoffmann, se hizo famoso en la película ‘El graduado’. Por aquel entonces estos coches
apenas se veían por estas tierras. El Alfa Romeo se fue aproximando y pretendió pasar
por la estrecha franja libre que había entre las mesas del bar, en una de las cuales
estaban los guardias civiles, y el muelle repleto de barcas amarradas. Algo falló en la
maniobra, un mal cálculo, porque el automóvil golpeó secamente al taburete de uno
de los uniformados, con galones de cabo, que acabó rodando por el suelo patas arriba.
Sonó aparatoso. Rápidamente se abrió la puerta del deportivo y apareció un italiano
muy nervioso, disculpándose. El guardia derribado recogió su tricornio, recompuso con
dignidad la figura y con voz muy seria y tono contenido le dijo al italiano que circulara.
‘¡Que circule, le digo!’, parece que lo estoy oyendo. Pero el italiano en vez de callarse y
seguir el sabio consejo continuó pidiendo perdón de manera empalagosa, a la vez que
proponía a los guardias que se tomaran algo con él. Los italianos me han caído bien
siempre, son posiblemente los europeos más próximos a nosotros, pero pueden
acabar resultando demasiado intensos. Tuve una atractiva amiga danesa que decía, y
sus razones tendría para ello, que eran como un moco, te los conseguías quitar de la
mano y te los encontrabas más tarde en el codo. De la ‘finezza’ mental de mi amiga me
quedé también con otra conclusión afilada: ‘a los italianos los miro, a los franceses los
escucho’. Bien, nosotros tres estábamos sentados a unos pocos metros del centro de la
acción, mudos como muertos y, precisamente, con la mirada clavada en el italiano.
Conociendo el paño sabíamos que aquello se iba a complicar. Entonces, el otro
guardia, el que no había sido derribado y había estado callado, decidió hacerse con
algo de protagonismo y, sin venir a cuento, lo empujó bruscamente para que se
metiera de una vez en su deportivo rojo y que se largara. Y eso no, aquí el hombre se
cabreó de verdad. No solo rechazaban su invitación, encima le agredían. Y se puso en
plan desagradable. Para él, que no debía estar informado de cómo funcionaban por
aquí las cosas, aquello no iba a acabar nada bien. Llegados aquí, al cabo benemérito se
le hincharon definitivamente las narices y, ante el asombro de los cuatro gatos
presentes, sacó de su funda un ‘9 largo’ amenazándole con que ‘o quitaba el puto
coche de allí o se lo llenaba de balas’. Tal cual lo dijo, sí, parece que lo estoy oyendo.
Sabíamos que no había marcha atrás. El final del melodrama lo firmó el italiano,
mentalmente averiado por el exceso de gin-tonics. Abriéndose la camisa de forma tan
dramática que saltaron por el aire varios botones ofreció su pecho desnudo, los brazos
en cruz, y dejándose caer de rodillas comenzó a aullar hacia el cielo estrellado
‘¡maaaatame! ¡maaaatame!’ Toda una imprudente pero bella performance que,
interpretada por nosotros con la imaginación contestataria propia de jóvenes
conscientes de estar viviendo el final de una larga dictadura, parecía curiosamente
inspirada en los fusilamientos de Goya: el italiano (el pueblo) arrodillado, brazos
abiertos y clamando al cielo y los dos guardias civiles (la fuerza represiva) ante él, sin
saber si llenarle el coche de balas o darle en la coronilla con la culata del ‘9 largo’, que
debió ser lo que ocurrió mas tarde, en el cuartelillo, durante el hábil interrogatorio de
rigor.
Estábamos a un par de años de nuestra transición a la democracia. Por esa y por
algunas que otras experiencias vividas en aquel fin de ciclo, entre kafkianas y
surrealistas, aún hoy, a pesar de la diferencia estratosférica que hay entre las fuerzas
de seguridad de ahora y las de entonces, ‘cuando veo un policía’ no puedo evitar
preguntarme si soy culpable de algo, que seguro que sí.
Cicatrices generacionales en el subconsciente.
https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/03/22/subconsciente-43708633.html