Dos más dos es cuatro

DM 10 03 21

Gallos de combate preparados para la pelea. San Juan de Puerto Rico, 2003. ©Pedro
Coll

En todo este ‘guirirgay’ que nos invade hay una alta dosis de ideología ‘ultra’ desatada.
Una definitiva ‘salida del armario’ de los gallitos que desde mediados de los 70 estaban
callados. Y ese ruido hace que los árboles no nos dejen ver el bosque.


Después de una cruenta guerra civil de 3 años y una dictadura de 36 este país logró
pasar a un sistema democrático sorteando ruido de sables de diferentes intensidades.
El último y más peligroso fue el de 23F que acabó como acabó. Nada menos que 40
años creyéndonos haber aprendido la lección y parece que volvemos a estar en las
mismas. Los hay en este país -y son muchos menos de veintiséis millones– que siguen
sin aceptar el juego democrático. Para ellos su verdad es la única y las otras son
siempre perniciosas y malignas.


Tenemos una Constitución solida y pactada por todos, necesite o no ajustes. Tenemos
un ordenamiento jurídico que traza los límites, al margen de comprensibles
interpretaciones en uno u otro sentido. Nuestro arco político está conformado por
diferentes partidos que van de la extrema derecha a la extrema izquierda, todos ellos
votados por ciudadanos con derecho a hacerlo.


En las últimas elecciones ganó el partido socialista que, para gobernar, necesitaba del
apoyo de otros. Por lo que sea se coaligó con un partido de extrema izquierda,
legítimamente constituido, sin contravenir ninguna ley. En 1984, el partido Comunista
Italiano se convirtió en partido más votado de Italia. No se hundió Italia, ni hubo ruido
de sables. Gobiernos o pactos de coalición, de izquierdas, de derechas o de izquierdas
y derechas, se han dado en las democracias, también en nuestras autonomías.


Desde las últimas elecciones, los partidos de la oposición conservadora están poniendo
en duda la legitimidad de la coalición de izquierdas del Gobierno. Tildan de intenciones
espurias a partidos que se sitúan en el otro extremo ideológico y que, legítimamente,
piensan de otro modo. Sin embargo, en caso de necesidad, esta oposición de derechas
aceptaría el apoyo de la nueva y dura extrema derecha, también constituida cómo
partido legítimo. Varas de medir diferentes utilizadas sin pudor.


Todos recordamos las veces que PSOE y PP han gobernado con mayoría absoluta,
pasando su rodillo. Y si no la han tenido, se han valido de los decretos. Hubo un
momento en que Aznar nos metió en una guerra que nadie quería (ni sus mismas
bases) y mintió en el momento del grave atentado yihadista. Todo eso se lo tragaron
más de 26 millones de españoles que no estaban de acuerdo y que acabaron sufriendo
las consecuencias. Al final, las urnas pasaron factura. La democracia es un toma-y-daca
sometido al control de los ciudadanos.


Consciente de que por ahora ha perdido su acceso al poder, la oposición actual y sus
medios de comunicación intentan influir en estamentos que deben ser neutrales según
la Constitución -Ejército, Judicatura, Monarquía- a los que siempre ha considerado
afines. ‘Son nuestra gente’, dijo una diputada ‘ultra’, refiriéndose a los militares
firmantes de los manifiestos.


La democracia moderna no es perfecta y se ha ido haciendo mayor, pero sigue siendo
mejor que cualquier otro sistema. El golpismo militar -de inmediatez represiva- nunca
ha evolucionado de manera voluntaria hacia una democracia. Franco y Castro
murieron de viejos, con las botas puestas; en Cuba siguen aún sin superarlo. Dos
ejemplos claros y próximos, de diferente signo, de las consecuencias letales del
golpismo, llámese Cruzada o llámese Revolución. Para fortuna de todos, pendientes
aún de algún detalle, EEUU ha acabado dándonos ejemplo. Allí, los votos han
finiquitado la trayectoria de un ultra iluminado que amenazaba, mentía, insultaba y
despedía por twitter, que legislaba odiando. Imaginamos donde hubiera querido llegar
de hacerse con el poder absoluto. El sistema democrático (reparemos en la actuación
hasta ahora ejemplar de su sistema judicial, más conservador que progresista) le ha
parado los pies y su sucesor va a tener por lo menos cuatro años para arreglar el
estropicio.


Se trata de aguantar cuatro años, cómo han aguantado los norteamericanos, como
aguantaron aquí los que están ahora en el gobierno mientras estaban en la oposición,
como se aguanta en todas las democracias de hoy. Y de trabajar durante este tiempo
para convencer al ciudadano y superar con los votos a los ciudadanos que piensen
diferente. Con los votos.


Tan sencillo cómo que 2+2 es 4. Lo entendería un niño de primaria.

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2020/12/10/2-2-4-26118401.html