Crispación

DM 25 01 21

Freetown, Sierra Leona, febrero de 1981 © Pedro Coll.


La vida es una apasionante sucesión de capítulos y a veces no conseguimos evitar que
se repitan algunos que no deberían repetirse.


Llegué a Freetown, capital de Sierra Leona, en un vuelo procedente de Banjul, la vecina
Gambia, donde el día anterior había vivido una experiencia desasosegante. Estaba
cenando en el restaurante de un hotel cuando un residente inglés, que conocía mi
nacionalidad, se me acercó, puso su mano en mi hombro y dijo: “Hace unas horas, la
Guardia Civil ha entrado en el Parlamento, en Madrid, y ha habido disparos”. Me fue
imposible comunicarme con España aquella noche, una noche que fue muy larga. Me
prometí que si aquel golpe triunfaba no iba a volver, no concedería una nueva
oportunidad a tal incapacidad de convivencia. Al día siguiente, volando hacia Sierra
Leona, leí en el Daily Telegraph que el intento de golpe de Tejero y Milans del Bosch
había fracasado. Ahora, entre el ruido de sables de militares españoles, dicen que
retirados, y el asalto al Capitolio, en Washington, por otra turba de descerebrados, me
ha venido a la mente aquel vergonzoso episodio y llevo unos días con la mosca detrás
de la oreja.


En aquella ocasión, Freetown me recibió de uñas. En el control de aduana sudé tinta
china para evitar que mi equipo de cámaras fuera decomisado por no sé que razones.
Peter, un nativo contratado por mi cliente como experto en aduanas, consiguió
solucionarlo por los pelos. Eran las tres de la madrugada y eso acentuaba la sensación
de inseguridad. El camino al hotel se hizo interminable. Por carreteras infames
circulamos como locos en un viejo Toyota, dando frenazos y esquivando obstáculos.
No hubiéramos podido elegir banda sonora más apropiada que aquel Bob Marley que,
a todo volumen, era destrozado por los altavoces del vehículo. Embarcamos en un
ferry que iba hasta los topes, cruzamos el estuario y entramos en Freetown. Durante
un tiempo que no podría precisar estuvimos circulando a través de una ciudad que
tenía la apariencia de un infinito bidonville. A pesar de la hora, había gente sentada en
las aceras, bajo la luz fría de las farolas de neón. Nadie dejaba de mirar nuestro
vehículo, parecía que les sorprendía vernos por allí a aquellas horas. Peter, que iba
sentado junto al chófer, me dijo: «Si ahora te dejáramos por aquí, desaparecerías para
siempre».


Durante mis días en Sierra Leona respiré constantemente la crispación en el ambiente.
Cuando años después se desencadenó aquella guerra fratricida, dominada por un
auténtico sadismo, entendí aquello de que el que avisa no es traidor. Pep Bonet, que
magistralmente fotografió las consecuencias de tan salvaje enfrentamiento, por
aquellas fechas estaría estudiando en algún instituto de enseñanza media de Palma
preguntándose por su futuro.


La noche de mi llegada a Freetown, ya en el hotel, agotado y necesitando una cama, al
botones que llevó mi equipaje le di el par de dólares que llevaba sueltos en el bolsillo.
Los observó por unos instantes sobre la palma de su mano y sin dejar de mirarlos me
dijo: “No es suficiente”.


Puede que a nuestras mentes tan europeas lo que he narrado sobre Sierra Leona les
parezca demasiado lejano, tanto en el espacio cómo en el tiempo, y no extrapolable a
este civilizado mundo occidental, pero les invito a que repasen los dramáticos y trístes
acontecimientos sufridos durante estos últimos cien años en Europa y también en
España. “Aquellos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, aviso a
navegantes atribuido a un visionario Napoleón.


A la crispación puede cargarla el diablo

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/01/25/crispacion-30863688.html