Me lo habían advertido, para el Ejercito Británico, Cookstown era el punto de control más conflictivo en Irlanda del Norte. Basta ver esta imagen para darse cuenta. Recientemente el IRA los había atacado con morteros. Pero el encargo que me había sido asignado por mi editor norteamericano, además de señalarme otros temas que cubrir, no ofrecía duda ninguna: Cookstown Check-Point. Junto a fotógrafos de diferentes países estaba participando en la elaboración de un libro sobre Irlanda producido por Collins Publishers, de San Francisco y la presión era importante. Sinceramente, todos estábamos peleando por el espacio en la publicación, espacio que sólo la calidad de los resultados nos aseguraba. Nombres históricos como Eddie Adams, Elliott Erwitt, Steven McCurry, Peter Turnley y bastantes más, estaban trabajando en el mismo proyecto. Estoy refiriéndome a ganadores de premios Pulitzer y World Press, a colaboradores regulares de National Geographic, Geo, Time Magazine, New York Times, Fortune, Le Monde, Washington Post… Sí, aquello era presión de verdad.

Durante el día presencié varios cambios de guardia. La celeridad y la precisión con la que se hacían indicaba el nivel de alto riesgo en que se estaba. Yo había sido autorizado para merodear por la zona, siempre a menos de 100 metros de las alambradas, y los militares del puesto estaban informados de mi existencia y labor, o por lo menos así se me había dicho. Dejé pasar el tiempo trabajando otros temas y al atardecer regresé al lugar. Tal cómo tenía planeado, la luz había caído y a causa de la hora el trafico era más intenso. La atmósfera era perfecta. Stuart, mi ayudante, estaba algo inquieto. Llegado el momento, me situé en el lugar estudiado horas antes, levanté la cámara y encuadré; hice los ajustes técnicos, afiné el enfoque… y entonces ocurrió lo que no esperaba. Uno de aquellos soldados levantó su arma y apuntó hacia mi. «Joder, te está apuntando!» dijo Stuart. Aquello me excitó. Sin separar la cámara de mi cara, quizá intentando convencerme más a mi que a Stuart, dije en voz alta: «Es un soldado británico, no un terrorista!» Saboreé el momento tan especial en el que aquel y yo nos estuvimos observando a través de teleobjetivos construidos para muy diferentes fines. Y disparé las veces que quise.

En el libro A Day in the Life of Ireland esta imagen ocupa una doble página y en su pié de foto el editor explica: «Pedro Coll tuvo la desconcertante experiencia de verse encañonado por el rifle de un joven soldado. Respondiendo a nuestras preguntas, un oficial de información del Ejercito Británico, nos dijo: ‘Nada preocupante, el soldado simplemente estuvo usando la mira telescópica de su rifle para controlar de cerca algo extraño, probablemente al fotógrafo’”.

Esta fue la versión oficial recibida por la editorial Collins. Pero estoy convencido de que la verdad fue otra: aquel tipo quiso asustarme. El soldado que está a su lado sonrie maquiavélicamente. Y el que apunta no me tiene en la cruz de su mirilla, podemos ver el lateral de su rifle, ligeramente desviado, es un profesional y aun intentando amendrentarme toma unas mínimas medidas de seguridad. Supongo que, de habérsele disparado el arma, el proyectil hubiera pasado a cincuenta centímetros de mi cabeza, supongo…

©texto/foto: Pedro Coll