INSTANTE

A veces es cierto aquello de que una imagen vale más que mil palabras.

Y también es cierto que una imagen puede ser todo menos objetiva y veraz relatora de la realidad. Nada puede mentir tanto cómo una imagen.

La sesión fotográfica de la que extraje esta fotografía fue una sesión desde su inicio frustrada, incómoda, que tampoco tenía un objetivo claramente planeado. Por lo menos así es cómo la recuerdo. Hacía calor y el aire acondicionado no funcionaba, la luz del sol penetraba excesivamente en el estudio y yo me sentía tan desmotivado que ni intentaba correr la grandes cortinas para modularla o bien oscurecer del todo la estancia y trabajar con luz artificial…

Sin embargo se produjo un momento especial e inesperado cuando ella, apoyada en la escalera y esperando a que yo decidiera qué hacer, si seguir o acabar con el suplicio, se incorporó ligeramente y arregló la posición del sombrero que llevaba. Vi inmediatamente lo que la casualidad y la improvisación -¡una vez más!- me estaban ofreciendo e hice un primer y precipitado disparo; luego, ya controlando, le pedí que fuera repitiendo el mismo gesto, dirigiendo con criterio la sinuosidad de su cuerpo, y disparé cuatro o cinco veces más. Ante el asombro de la modelo dejé la cámara y decidí acabar la sesión. ¡Lo tenía! Todo el malestar que me había estado dominando se transformó en ansias locas de volcar la imagen en el ordenador y finalizarla con la precisión que merecía.

Es una fotografía casi arquitectónica, con el movimiento preciso y el gesto adecuado, y con un toque retro que nos lleva a los “60” y a aquella Audrey Hepburn de alambre. Minimalismo.

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