LA FINA LINEA ROJA

I- Robert Doisneau, en una entrevista de prensa contó una anécdota triste pero bella.

Estaba haciendo un reportaje sobre la trashumancia en el sur de Francia, caminando y charlando junto al pastor, cuando un automóvil atropelló y mató a uno de los perros que les acompañaban. Al entrevistador le faltó tiempo para preguntar al conocido fotógrafo por las fotos del drama. Doisneau aprovechó para tomar posición ante el polémico dilema de qué hacer ante delicadas situaciones relacionadas con la invasión de la intimidad o el respeto al dolor ajeno: él había optado por dejar la cámara y consolar al pastor.

II- El fotógrafo Kevin Carter, que había estado cubriendo la hambruna que asoló Sudán, en 1994 ganó el Premio Pulitzer con la imagen de un niño de no más de un año, agonizante, y a pocos metros de él un buitre posado en tierra, esperando… La fotografía era durísima; tras el relumbre del éxito conseguido por Carter, la incógnita que todo el mundo comenzó a plantearse acabó siendo un clamor: “qué había pasado luego con el niño?”. Desconcertado, Carter lo ignoraba. Razonó con lógica incómoda que aquella era una más de los miles de fotos que hizo durante días y días, rodeado de muerte, desolación y caos. Realmente el Pulitzer le acabó sorprendiendo, más que como un éxito, como una bofetada cruel y a toro pasado: el niño al que dejó morir había contribuido a encumbrarle a lo más alto. En la espiral de su sentimiento de culpa llegó a compararse con el buitre. Meses después supimos que se había suicidado, muy cerca del lugar donde había conseguido la foto.

III- Recorriendo la zona norte de Tailandia, en su frontera con Laos y Birmania, al bordear una pequeña aldea me topé con el inicio de una cremación. Todo estaba ocurriendo en un espacio cerrado y sin techo. Me colé silenciosamente y me encontré con el cadáver sobre un lecho de mimbre rodeado de familiares. Unos monjes con túnica azafrán conducían la ceremonia. El ambiente era tenso y un innato respeto al dolor de aquella gente me hizo dudar. Entonces, alguien que parecía un familiar del fallecido me pregunto en voz baja si quería fotografiarlo. Dije que sí. “Pues hágalo”, contestó con una leve y amable sonrisa. Desconecté el mecanismo del motor de arrastre, para silenciar la acción mecánica, y cargando manualmente hice unos disparos, los precisos. Recuerdo que el intenso olor a cadáver se quedó hasta la mañana siguiente en mi cerebro y en mi paladar.

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