LA LUZ

Cuando yo era bastante principiante en eso de la fotografía, alguien con experiencia me hizo el siguiente planteamiento:

“Imagínate un camino que va de A a B, un camino rodeado de espectaculares paisajes, por ejemplo, La Toscana. Tú, como fotógrafo que se ha propuesto una interpretación personal de estos paisajes, al amanecer sales de A y te diriges hacia B, a dónde llegas al mediodía; allí descansas, recuperas fuerzas y por la tarde regresas a A, a dónde llegas a la hora del crepúsculo. Tanto en el camino de ida como en el de vuelta tu mirada y tu cámara no han dejado de trabajar. Aparte de las fotografías obtenidas, has podido constatar una evidencia: que al ir te has encontrado con imágenes que al regresar habían desaparecido y, sin embargo, en el camino de vuelta has descubierto otras que en la mañana ni habías intuido”.

La explicación del enigma es que la luz no era la misma por la mañana que por la tarde.

Un elemento fundamental, la luz y sus infinitas variaciones. Cruda y directa del sol, matizada por las nubes, producida por potentes flashes, por lámparas de tungsteno, filtrada por la niebla, reflejada... a veces la creamos, la controlamos y dirigimos, otras veces nos la encontramos, la aprovechamos, la interpretamos, la reconducimos.

Estaba regresando al hotel, después de un largo día de trabajo en unas bodegas del valle de Napa, en California. Igual que en la historia que acabo de contar, circulaba de vuelta por el mismo camino que al amanecer había recorrido de ida. Aun agotado como estaba, enseguida me di cuenta de que el paisaje que acababa de aparecer ante mis ojos no lo había visto yo por la mañana, pero sin lugar a dudas sí había pasado ante él. Diez horas antes no me habría llamado la atención porque, simplemente, en aquel momento la luz no sería la apropiada. Sin embargo, ahora, el espectáculo era clamoroso. Detuve el coche en el arcén, monté un teleobjetivo y encuadré el fragmento que, de todo aquel gran conjunto visual, resumía mi interpretación personal del mismo. Como en una ocasión vivida meses antes en los alrededores de Jerez de la Frontera, también ante amplias extensiones de viñedos y en hora de luz parecida, una profunda sensación de serenidad y de equilibrio parecía envolverlo todo. Y un gran silencio. A veces el silencio es la guinda que te permite alcanzar la excelencia. Me quedé allí, sentado en el suelo, nadie me estaba esperando, saboreando aquella sensación de plenitud durante un largo rato. Sé que fueron los últimos disparos que hice en aquel viaje, porque a la mañana siguiente volaba de regreso casa.

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